Intermedio

Es una cuenta atrás de solemnes instantes.
Y los segundos, inquietantes,
Son los brujos,
Sus amantes.

Son ellos quienes gritan:
Aúllan mi nombre.

Entonan,
Murmuran.
Zozobra en el vacío una triste letanía.

Y duele la eternidad
Mientras cae como la nieve.
Corro.
Caigo.
Grito.
Hiere.

Y el silencio que se extiende
Es un hueco en la tierra.
Le temo.
Es la vida que se cierra.

Inmenso.
Frío.
El intermedio terminó.

Y por esta eternidad,
Gritando,
Los segundos,
Te seguirán llamando.
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Cuando olvido respirar

Es todo un error,
Error por omisión.

Agonía,
Ausencia de segundos,
Temor a los instantes.

Soy el polvo que se pierde en la espera,
Que nunca muere y se precipita.
Valiente,
Hábil,
Siniestro.

Soy el color de un mar al atardecer,
El olor de las nubes,
El viento.
(En tu rostro, en tu piel.)

Soy lo que esconde tu sombra.
Una mentira,
Un susurro,
Una lágrima y un cristal.
Armonía simétrica,
Hexagonal.

Soy la extensión de treinta y siete eternidades.
No me bastan las esquinas del mundo,
Ni las puertas o portales.

Soy lo que sea que queda,
En el silencio que me arrulla,
Cuando olvido respirar.
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Temo a la verdad

Temo al llanto que cala los huesos,
Y a las palabras que arrancan la piel.
Temo al frío que invade y sofoca.
Temo a la verdad,
Y temo al desdén.

Temo a la vida y a la muerte.
Y temo al fracaso, al adiós y a lo que ya no es.

Temo al largo silencio, al inmenso vacío y al profundo mar.

Temo, también, a los horrores sin nombre, sin rostro y sin voz.
A las antiguas promesas y a las profecías sin cumplir.
A la hoja en blanco, a la musa perdida y a la estación sin tren.

Temo al orgullo.
Temo al misterio.
Temo al verdugo, al culpable y al juez.

Temo a los susurros:
Al que se esconde,
Al que se aleja
Y al que se va.

Me temo a mi mismo,
Al olvido
Y a ti.
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